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Ramiro de Iturralde

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El Padre Castellani fue uno de los más grandes escritores argentinos del siglo XX, un autor digno de figurar en el canon que establecen los organizadores de la cultura oficial del país.

Ramiro de Iturralde

Por Jorge Martínez
Seleccionado por Ramiro de Iturralde 

El volumen puede servir como nueva puerta de entrada a la obra de un escritor brillante y un profeta no escuchado. Uno de sus temas centrales es el sondeo de las causas profundas de la decadencia nacional.

El padre Leonardo Castellani tuvo, entre muchas otras virtudes, la de ser uno de los más grandes escritores argentinos del siglo XX, un autor digno de figurar en el canon que establecen los organizadores de la cultura oficial del país. Pero Castellani (1899-1981) no se encuentra en tal Parnaso. No lo estuvo en vida y mucho menos después de muerto. Sus libros, escritos siempre a contracorriente, contaron por un tiempo con legiones de agradecidos lectores hasta que fueron desapareciendo de los circuitos que forman los gustos y la opinión general. Hoy el hombre extraordinario que los escribió es el gran olvidado, o mejor, el gran proscripto.

Por eso debe agradecerse la aparición este año de La otra argentina (Vórtice – Jauja, 608 páginas). El volumen, cuya preparación inicial estaba prevista para dos decenios atrás, recopila todos los artículos que el sacerdote escribió entre 1951 y 1964 para la revista nacionalista Dinámica Social, y que nunca se habían presentado en una edición integral (aunque muchos sí salieron dispersos en otros libros).

A la saludable oportunidad de la publicación debe agregarse el hecho de que estos noventa textos de hace más de medio siglo se apoyan en comentarios y «actualizaciones» que a comienzos de esta centuria preparó Aníbal D»Angelo Rodríguez (1927-2015), una de las grandes mentes del nacionalismo argentino, hombre de vasta cultura y pluma magnífica. No podría haberse elegido un mejor «comentarista» de la prosa castellaniana.

La tarea actualizadora de D»Angelo Rodríguez contribuye, además, a que el libro cumpla con la función a la que parecería estar destinado por su carácter fragmentario y variopinto: ser la nueva puerta de entrada a una obra necesaria y hoy esquiva. Porque puede discutirse si La otra Argentina reúne lo mejor de Castellani. De lo que no puede dudarse es que contiene la esencia de Castellani como escritor, como pensador y como hombre de Dios.

TEMAS Y ESTILO

Para empezar está su estilo inconfundible, salpicado de humor y chanzas, a la vez culto y popular, formado en innumerables lecturas en media docena de lenguas, pero profundamente arraigado en la tradición hispánica, criolla y campera. También están muchos de sus temas, las preocupaciones que lo trabajaron durante una ajetreada vida de estudios, de injusticias y de no pocas persecuciones.

Un veloz repaso arroja una muestra elocuente: la crítica al fariseísmo religioso («la más grave de todas las corrupciones humanas») y al cristianismo «mistongo» del argentino corriente; el no comprendido destino del danés Soren Kirkegaard (él escribía Kirkegor), una «especie de santo informe y tanteante» que «murió espiritualmente católico»; la mediocridad tendenciosa del periodismo, sobre todo el local («la prensa argentina en su casi totalidad nos causa una profunda vergüenza»); la completa ausencia en estas tierras de una verdadera crítica literaria; el comprobar cuál era «el eje permanente» de la historia argentina, que estaba en «la pugna entre la tradición hispánica y el liberalismo foráneo»; la innegable y dolorosa decadencia del país, que ya era evidente a mediados de la década de 1950.

Su rango de inquietudes era amplio y, a veces, sorprendente. Pero de todo tenía algo interesante y agudo que decir, ya fuera que ensayara una opinión económica, discurriera sobre la ingobernabilidad de la ciudad de Buenos Aires (anticipándose en 1955 el plan de traslado de la capital que el presidente Raúl Alfonsín intentaría tres décadas más tarde), meditara sobre la verdadera definición de cultura, explorara una posible sociología del arte o fustigara al tango (una de sus bestias negras) y a la novedosa science-fiction estadounidense.

«Soy periodista hijo de periodista», se definía Castellani en una colaboración de julio de 1956. Como buen periodista admitía que escribía acerca de todo, pero aclaraba que él se contaba entre los periodistas honrados, «que decimos solamente lo que sabemos». Es una frase cierta que estas páginas corroboran. A pesar de la forma ocasional y despareja de los artículos que redactaba, en casi todos ellos hay una intuición penetrante, una idea brillantemente explicada o un dictamen certero y fundado en lecturas o reflexiones.

Esta apabullante autoridad intelectual de Castellani se nota especialmente en sus trabajos de crítica literaria. La otra Argentina recoge numerosos ejemplos de esa rara independencia de criterio que exhibía a la hora de resumir las virtudes y defectos de novelistas, poetas, ensayistas, libros o ideas. Lo demuestra en sus varias semblanzas de Borges (con quien es severo pero no injusto, y siempre a contramano de las verdades de las capillas literarias), en su examen de la obra de Hilaire Belloc, en su rescate de la silenciada Adán Buenosayres de Lepoldo Marechal, en la valoración informada del P.G. Wodehouse caído en desgracia. Aquí también el espectro era variado: con igual soltura podía pasar de Giovanni Papini y su discutido estudio de la figura del diablo a un libro primerizo de Jorge Abelardo Ramos o a la (muy elogiada) Historia de la Argentina de Ernesto Palacio; de Benedetto Croce y la «religión de la libertad» que desplegaba en su Historia de Europa en el siglo XIX a un recorrido breve y compuesto «de memoria» por la bibliografía existente en 1956 sobre San Ignacio de Loyola. Con José Ortega y Gasset se mostraba más ecuánime de lo que podría pensarse, era generoso en el recuerdo de la vida extraordinaria del filósofo italiano Giovanni Gentile, y contundente en su rechazo al Estado Mundial del socialista utópico H. G. Wells.

UN PROFETA

Junto al Castellani crítico literario, impresiona el Castellani profeta. Esa cualidad que siempre se le ha atribuido también aparece nítida en estas páginas. Sesenta o setenta años atrás el sacerdote escritor ya advertía del efecto nocivo que tendría la extranjerización de las editoriales argentinas, que fomentaría una «conspiración del silencio» contra autores, libros o ideas ajenos a la cofradía de izquierdistas y liberales. Siguiendo a Chesterton alertaba sobre las consecuencias destructivas del divorcio, en el que veía un arma del liberalismo y, por lo tanto, del capitalismo, dirigida contra la familia. En 1954 constataba el riesgo enorme que significaba la «adulteración interna del cristianismo», y atribuía la crisis de la Iglesia (argentina y universal) a un «bajón de la fe sobrenatural». Verificaba que el rechazo de la tradición (comprobable en la perdida «batalla de las humanidades» por la enseñanza del latín y el griego) conducía a la «tecnolatría», que en 1953 era fomentada en consonancia por Washington y Moscú, los aparentes grandes rivales de la «guerra fría».

Este Castellani profético clamó en el desierto cada vez que llamó a la conversión de sus compatriotas sobornados o «idiotizados», esa «plebe cristiana, por atavismo y no por práctica», regida por «una clase dirigente de macaneadores». Le dolía en el alma la ruina de la patria que desde mediados del siglo XIX había renunciado a su herencia cultural y moral. «La tragedia de la Argentina -escribió en frase memorable- es que quiso ser otra, y lo consiguió. Ahora está condenada a ser otra indefinidamente y eternamente, como los brutos animales en la tierra y los condenados en el infierno».

Para Castellani el gran villano de esa insensata transformación había sido el liberalismo, no el marxismo, ni el socialismo, ni siquiera el peronismo, al que comprendía sin justificarlo. «El liberalismo – apuntó en febrero de 1957 – modificó la sustancia ontológica y moral del país». En consecuencia, «la Argentina quedó descoyuntada en su ser moral, cultural y político; y al mismo tiempo (lo que parece castigo de Dios) atrasada en la misma técnica -y sangrada a fondo por el imperialismo extranjero».

Insistía Castellani en la paradoja de que, como «herejía cristiana», el liberalismo suministraba «una religión y una moral de repuesto, sustitutivas de las verdaderas». Ese andamiaje de «palabras vacías», «fórmulas bombásticas» e «ideales utópicos» pretendía ocultar el hecho de que «en el mundo actual» sólo hay dos partidos: la Revolución y la Tradición. El proceso revolucionario, señalaba a fines de 1957, «tiende con fuerza gigantesca a la destrucción de todo el orden antiguo y heredado, para alzar sobre sus ruinas un nuevo mundo paradisíaco y una torre que llegue al cielo».

Tal destrucción había avanzado tanto que estaba empujando al hombre a desprenderse también de lo «noble pagano», es decir, de «todo lo natural, después de haber rechazado lo sobrenatural». Interpretada en este ominoso siglo XXI, el siglo del aborto festejado, de la ideología de género y del próximo transhumanismo, la profecía de Castellani no podía haber sido más exacta. «La última herejía -vaticinó en 1958- es un ataque contra la Razón, y contra las virtudes naturales que en ella se apoyan».

«Como todo el mundo sabe, Castellani era un sacerdote de la Iglesia Católica y un hombre genial», destaca D»Angelo Rodríguez en una de sus atinadas «actualizaciones». Fue sin dudas el mayor pensador católico de la Argentina, y uno de los más grandes de todo el mundo en el siglo XX. Pero este hombre genial y sufrido fue también un patriota que sintió en lo más íntimo el dolor de ver que su país, «deficiente en vigor moral y realmente enfermo de amoralismo», había errado la huella y perdido el rumbo. Una y otra vez pronunció amargas verdades correctivas que sus compatriotas no entendieron o no quisieron entender. Estas páginas tan severas y tan ciertas lo atestiguan. Tampoco él fue profeta en su tierra. ¿Lo será algún día?