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Ramiro de Iturralde

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La amistad dantesca nace de una inclinación aristocrática, no impuesta por la necesidad sino acogida por libre elección. Amigo de muchos, amigo de nadie. Suele decirse que el valor de un hombre se mide por la calidad de sus enemigos. Su intimidad debería calibrarse por la naturaleza de sus amigos.

Ramiro de Iturralde

Por Armando Pego
Seleccionado por Ramiro de Iturralde 

El Debate de Hoy ha decidido celebrar el VII centenario de la muerte de Dante Alighieri invitando mensualmente a un colaborador diferente a que ofrezca una reflexión personal sobre algún aspecto de la Divina Comedia. Su Consejo de Redacción me ha hecho el honor de que inaugure la serie.

¿Abandonaré de entrada toda esperanza de que estas primeras líneas puedan alcanzar el misericordioso juicio final de sus lectores? Como no quisiera dar por perdida la senda incierta que ahora emprendo, reconozco que he aceptado este encargo por amistad, ese concepto tan ensalzado como devaluado en una sociedad movida a menudo por el interés polarizado.

Nada menos democrático que la amistad. Ella nace de una inclinación aristocrática, no impuesta por la necesidad sino acogida por libre elección. Amigo de muchos, amigo de nadie. Suele decirse que el valor de un hombre se mide por la calidad de sus enemigos. Su intimidad debería calibrarse por la naturaleza de sus amigos. El Eclesiástico nos reprende: «Apártate de tus enemigos, / y sé cauto incluso con tus amigos» (Eclo 6,13). Pletóricos, aun en medio de la arenga shakespereana del rey Enrique V («we few, we happy few, we band of brothers»), ¿no debiera asaltarnos el vértigo del destino de Falstaff a manos de su amigo Hal? Jesús mismo, que había reconocido como su madre y sus hermanos a quienes escuchaban sus palabras y las ponían por obra, ante el beso de Judas no se permitió otro reproche que una pregunta: «Amigo, ¿a qué vienes?» (Mt 26,50).

Sigmund Freud convirtió la figura de Edipo en el tipo fundamental de nuestra psicología, mientras que René Girard recordaba que el origen de la polis se remonta a un fratricidio. Caín no ha dejado nunca de avivar los fuegos de la envidia. Si entre maestros y discípulos reviven las rivalidades de padres e hijos, los amigos deberían esforzarse por trascender los conflictos fraternos. La confianza en la amistad es un don a fondo perdido. ¿Quién (no) tomaría el riesgo?

En el extremo apolíneo, que hizo exclamar a Horacio que su amigo Virgilio era la mitad de su alma, sigue fascinándonos el secreto de la relación entre Michel de Montaigne y Étienne de La Boétie. La otra mitad, dionisiaca y hasta trágica, también burbujea bajo el tenso intercambio epistolar de san Jerónimo y san Agustín.

Dante y Cavalcanti
Modelo de esa abismal contradicción que habita en el corazón humano y que teje la biografía con los hilos de su literatura también es la conocida relación entre Dante y Guido Cavalcanti. Entre la Vita Nuova y el De vulgare eloquentia, Dante había ido apuntando, casi en los márgenes, el respeto y el rencor que ni las desavenencias entre amigos permiten disolver. Tras haberle sido dedicada la Vita nuova, Cavalcanti dirigió a Dante un soneto en que se dolía de que de la inteligencia de su compañero hubiesen desaparecido las antiguas dotes («I’ vegno il giorno a te infinite volte»).

Desde Erich Aurbach se ha resaltado el encuentro en el Canto X del Infierno con Farinata y Cavalcante dei Cavalcanti como un pasaje clave para entender la originalidad creativa de Dante, transcendida ya la poética del Stil Nuovo. Inquieto ante su aparición, el padre de Guido le pregunta por la suerte de su hijo. No sin que de inmediato le asaltase el escrúpulo de conciencia, por el testigo interpuesto de Virgilio el peregrino del ultramundo asestó al antiguo amigo su desquite literario y humano: «No vengo aquí por cuenta mía. / Ese que aguarda ahí, del que condena / vuestro Guido hizo acaso, es quien me guía».

Amigo de muchos, amigo de nadie. Suele decirse que el valor de un hombre se mide por la calidad de sus enemigos
Evitemos pronunciar un juicio hipócrita ante el ambivalente sentimiento que caracteriza toda amistad verdadera. La finura de Dante se sobrepone a sus reacciones más espontáneas cuando vuelva a tratar de su amigo. Como toda experiencia cotidiana de nuestro mundo, su reflejo más agudo solo podrá encontrarse en el Purgatorio.

En los Cantos XI y XXVI de esta parte preterida en el gusto de los lectores, Dante acaba de saldar las cuentas de sus viejas amistades poéticas. No es casual que sitúe a los artistas en las cornisas de la soberbia y de la lujuria. Bajo el peso de una y otra, el poeta advierte, desengañado y digno, que sostiene el último combate por librarse del sordo rumor de la vanagloria.

Pudiera ser que Cavalcanti hubiese arrebatado a Guido Guinezelli el honor de la lengua y que a ambos Dante los desalojase de lo más alto. No obstante, esa emulación solo cobra sentido -y se reconcilia- en la corriente de la tradición a la que pertenecen. El propio Dante le rinde tributo en unos tercetos provenzales que, en honor de Arnaut Daniel, pone en su boca. La palabra, venciéndonos, nos hermana.

«Poi s’ascose nel foco que li affina» (Purg. XXVI, 148). En ese fuego que purifica se guarda la memoria de la amistad.